Toros (respuesta de Madame du Deffand a Voltaire)

Salón literario de Madame du Deffand

Madame du Deffand en su salón en Saint Joseph (París)

Introducción: La Marquesa du Deffand (1696 – 1780), formó su propio salón en París, al que acudirían Voltaire, d’Alambert, Montesquieu y Horace Walpole, entre otros. La marquesa nos deja con su numerosa correspondencia una obra maestra. Su especial hastío por la vida se incrementa con una sobrevenida ceguera y por la edad. Entre sus cartas encontramos las intercambiadas con Voltaire que sirven aquí de excusa para el tema tratado. Su conservadurismo contrasta con las ideas de Voltaire, máximo exponente de la Ilustración.

Los Marqueses del Paular son personajes literarios extraidos del libro de Joan Perucho “Pamela”, a la que también se cita como Miss  Andrews, protagonista de la novela más vendida del siglo XVIII, la “Pamela” de Richardson, inicio de la novela moderna. Voltaire y Madame du Deffand leyeron con seguridad la primigenia Pamela.

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Querido amigo:

Sí, me ha sorprendido usted. Respecto a los toros, considero que podría escribir alguna bagatela para ser representada en escena, ¿es capaz de hacerlo? Propondría a Mademoiselle Clairon aceptar el papel de toro seduciendo a un torero (permita corregirle el término)  para eliminarlo. Así hizo Dalila con Sansón, quizás el más antiguo rol de mujer fatal ¿O fue el de Eva? Pero sigamos.

Goya, el torero

El torero visto por Goya

El toro debería constatar su superioridad no por su fuerza, sino por una persuasión  sutil que fuese desde el rechazo al encantamiento de su pieza y viceversa. Cualquier mujer es sumamente hábil en esas artes y más si es actriz. ¿Qué lo voy a decir sobre la Clairon? Sugiero alguna postura graciosa como la de dar la espalda al torero erguida sobre las patas traseras, las delanteras colgando, y girando la cabeza hacia el rival  de forma sumamente coqueta. Añadiría al disfraz unas largas pestañas que pudiesen moverse como las de los autómatas. Y así hasta el desenlace fatal en un finale furioso (podría acompañarse con música) en el que el torero es pinchado por el toro  como una aceituna. Huelga decir que el tono jocoso desdramatizará la escena que ha de estar siempre dentro del bon tone.

Me habla usted del Marqués de Sade. Pues bien, lo han detenido por sus aberraciones en Arcueil inaceptadas por su secuestrada víctima y moralmente inaceptables. ¿Por qué en vez de a una limosnera no raptó a una femme fatale? Para eliminar a ciertos parásitos, considero necesaria la higiene que  éstas pueden aportar tanto como la de la mantis religiosa.

Retomando el hilo, le prometo que si representan el entremés en Les Délices acudiré con peineta, a pesar de ser vieja y ciega. ¡No poder visualizar la impiedad tiene sus ventajas, monsieur! Podría titularla El revés de la corrida o La corrida al revés. Excuso decirle que esperaré con agrado la soirée del estreno. Doy por seguro que se sirvirá pa amb tomàquet.

En este orden de cosas, vaticino, como la vieja Sibila, que en el futuro se prohibirá cualquier acción que comporte tortura a seres vivientes. Imagínese, además, en la posibilidad de la reencarnación de las almas y conciba que la suya haya ido a parar a un toro de lidia. ¡Qué horror, mon Dieu! No cabe duda de que si la mía tuviese que escoger encierro entre el género bovino lo haría en una vaca india. Y si no hay transmigración: ¿debemos necesariamente negar alma a los animales? Bien le aseguro que sentimientos sí los tienen. Si el hombre fue animado por una inspiración divina de aliento de vida, también lo fue el resto de las especies animadas. ¿Qué es ser racional o irracional? Dejémoslo correr. He aquí metafísica de tres al cuarto, le pido humildemente perdón. Tiene en todo el derecho a decirme: conténtese con aburrirse, absténgase de aburrir a los demás.

Efectivamente, las veladas en Saint Joseph me resultan, sin usted, terriblemente aburridas. Admiraba ayer por la noche el numeroso grupo que estaba en mi casa. Hombres y mujeres

Salón literario en París (s. XVIII)

Salón literario en París (s. XVIII)

me parecían máquinas de muelles, que iban, venían, hablaban, reían, sin pensar, sin reflexionar, sin sentir; cada cual representaba su papel por mera costumbre, mientras yo estaba sumida en las más negras reflexiones. Curiosa disparidad de géneros y matices de la tontería; todos éramos realmente tontos, aunque cada cual a su manera. Símbolos, en fin, de un siglo que se extingue. ¿O acaso se apagó ya? A las tres de la madrugada todas esas lámparas se marchaban tediosamente, sin apenas luz.

Con referencia al monstruo de Bodegones, no sabe usted lo que me ha hecho reír. ¡Incluso Tonton que tenía dormido en mi falda saltó al suelo! Me recordó los rumores que corrieron hace algún tiempo por Versailles sobre un fantasma que repiqueteaba por las noches. Nadie pensó que era yo dando palos de ciego en uno de mis insomnios. Cuando estoy sola no me esmero tanto para evitar los modales torpes de quienes están privados de la vista y ¡ea! creé leyenda. Pensé en los pobres del Paular y me desternillaba imaginando su via crucis subterráneo.

He estado algo enferma y precisamente me he recuperado bebiendo solamente un espeso caldo de rabo de buey, aunque no se si tan bueno como los de su gouvernante. No por ello quito la razón a Madame Denis. Deben evitarse los excesos. También se come por la vista y yo no la tengo. Por cierto transmita a su sobrina mis saludos cordiales.

Me consta la excelencia de la cocina catalana. En la guerra de sucesión al trono de España los franceses se encontraron ya con la agradable sorpresa. Le aseguro que el intento de trocear el Reino de Aragón no difuminará ni la cocina ni el sentimiento nacional de los catalanes. Las presiones del poder para su esfumación, atribuyéndose como propio lo que no les pertenece, son injustas. La España oficial es como un ventilador, tiene vocación centrípeta pero efectos centrífugos. Por muchas razones, especialmente culturales, Cataluña podría recuperar algún día su Principado sin tener que depender de sus estados vecinos. Según usted, no los precisa. Me han dicho que sus habitantes tienen la tenacidad de la mosca y un no se qué para atraerse a la inmigración que históricamente han padecido: ¿será la cocina? El Quijote, al que aborrezco -no me gustan las novelas de locos-, agasaja a su capital, Barcelona, como regalo y delicia de sus moradores, amparo de los extranjeros, etc., etc. Supongo que ustedes, en su viaje, lo han experimentado. Y estas son grandes virtudes, monsieur.

Adiós, sígame queriendo un poco, y yo lo querré siempre infinitamente.

Madame du Deffand

PS: ¿No tendrá utilidad el porró al que usted se refiere para regar pequeñas macetas?

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