Ishkur, príncipe de Sumeria, o la Fortuna

Gilgamesh héroe Sumerio

Gilgamesh y Enkidu, héroes y compañeros de Sumeria, con el toro del cielo

Introducción: Sumeria es una región histórica del sur de la antigua Mesopotamia (hoy Irak), situada entre los ríos Tigris y Eufrates. Considerada la civilización más antigua del mundo, estaba formada por ciudades estado.  Destaca la construcción de zigurats. El Poema de Gilgamesh, rey-héroe sumerio, se conserva en doce tablillas de escritura cuneiforme. Las invasiones semitas disolvieron su civilización.

Nos hemos valido de un imaginario Ishkur (en mitología, dios de las tormentas mesopotámico) para compararlo con un personaje real. Cataluña podria ser Sumeria e Ishkur el sujeto que dejamos descubrir al lector.

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He aquí la historia de Ishkur, un hombre de baja procedencia que siendo adolescente emigró con sus padres al norte, a Uruk de Sumeria, en donde parecía que reinaba la prosperidad debido a su peculiar modo de ser. Habían inventado la escritura que reproducían en tablillas de cerámica con una caña en forma de punta. Y también la rueda, primeramente usada para trabajos cerámicos de notable calidad y más tarde para el transporte.

La primera sorpresa de la familia fue que Sumeria no hablaba su dialecto, una especie de jerga derivada de la mezcla de lenguas semitas con otra de raíces distintas propia del reino vecino al que los sumerios prestaban entonces vasallaje, sino una lengua aislada. Claro que como nunca habían salido de su pueblo y eran de escasa cultura desconocían que Yahvé hacía tiempo que había descendido a un lugar cercano para confundir la lengua de los habitantes de la Tierra, llamado por ello Babel.

Se establecieron en un campamento extramuros de Uruk (singular ciudad que se remonta a más de cinco mil años antes de Cristo y de la que actualmente solo quedan ruinas), en donde se instalaban los emigrantes que procedían de la misma región. Por dicho motivo, no tuvieron problemas de comprensión. Además, los ciudadanos de Sumeria, que eran gentes tolerantes, de mayor cultura y con un insólito espíritu democrático para la época, siempre se dirigían a ellos en el dialecto de los sobrevenidos porque derivaba, como dijimos, de la conocida lengua del reino vecino.

Otra cosa que chocó a los llegados fue el respeto con que sus empleadores se les dirigían, llamándolos por un sujeto genérico equivalente a señor y luego por su apellido, cosa que jamás habría sucedido en sus tierras en donde reinaba la desigualdad y unos pocos acumulaban grandes riquezas a costa de los demás. A decir verdad, en Sumeria nunca se han encontrado  tesoros significativos.

El comercio y la industria, motores de la economía sumeria, no motivaron a Ishkur como a otros emigrantes que, más astutos que él, vieron en dichas ocupaciones una fuente de prosperidad y la posibilidad de codearse con la clase dirigente. Tampoco le motivó el sacerdocio -unido a la política- y que habría las puertas a la cultura, ni tuvo especial interés en hablar correctamente la lengua de dicho estamento ni otras de países vecinos.

Ishkur se encontraba bien entre los suyos que, no exentos de cierta ignorancia y con algo de soberbia, se llegaron a creer que constituían la Sumeria real por ser muchos (aunque no mayoría) y vivir cercanamente. Uruk era considerado un lugar lejano para ellos, aunque singularmente estaba a dos pasos y era visible desde el campamento. Intramuros solo vivían los ciudadanos nacidos en Uruk que era frecuentada, además, por aquellos de Sumeria que acudían a sus mercados y diversiones. Destacaba una curiosa torre llamada Templo Blanco que, aunque desconocemos si era expiatorio, se había convertido en un símbolo de la ciudad.

El chico se esforzó porque en Sumeria era factible prosperar. Si bien no llegó a tener los estudios que solo estaban reservados para la clase privilegiada, ni tampoco ganas puesto que aunque los inició (no sabemos cuando ni como) nunca los concluyó, se afilió a una secta y consiguió, a través de ella, entrar como escriba del consejo que dirigía el campamento. Más tarde fue promovido a jeque y finalmente a jeque de jeques cuyo poder abarcaba varios campamentos. A pesar de ello, todavía le era ajeno el Poema de Gilgamesh (quinto rey de Uruk) y su búsqueda de la inmortalidad, del que hasta los niños recitaban la estrofa dime, amigo mío, dime, ¿has visto las reglas del Infierno?

La secta que, aunque mantenía ritos politeístas, era agnóstica, no perdía el tiempo en disquisiciones metafísicas. Su finalidad, totalmente materialista, era conseguir lo que hoy llamaríamos derechos de los trabajadores que decían podían también obtenerse a través de una supuesta guerra de clases, lo que comportaba una lucha política contra las  dirigentes y el poder establecido, bastante liberal por cierto y que, en comparación con el reino al que Sumeria prestaba vasallaje, era el paraíso de la tolerancia. No sin razón todos sus estratos sociales tenían una formación superior tanto a la de los del reino vecino como a la de los países de los emigrantes. Quizás por ello, también todas las revoluciones habían comenzado allí.

Si bien Ishkur no recibió grandes dones de la Providencia, sí le acompañó Fortuna, aquella peligrosa deidad que tan pronto otorga algo que arrebata a otro, como más tarde se lo quita a éste para dárselo a un tercero, girando como una rueda desbocada.

Cuando los sumerios decidieron proceder a la elección de un príncipe que los ayudase a salir de los problemas que tenían con el reino vecino al que prestaban vasallaje, convocaron al pueblo entero y haciendo honores de ser la más antigua civilización del mundo, decidieron elegir uno entre aquellos que se presentasen, conviniendo que sería su señor quien fuese aceptado por más del cincuenta por ciento de la población. Insistimos, pues, en que se dio un extraño y único ejemplo de democracia mucho antes de que ésta fuese inventada por los griegos.

Vanidad de vanidades, todo es vanidad, dicen las Sagradas Escrituras. Así que, sectas de todo orden fabularon para obtener el electo y selecto puesto y promovieron acólitos a los que hacían jurar y perjurar que, de ser elegidos, siempre harían lo que aquellas decidiesen. No se les escapaba que la futura canonjía comportaba otras y éstas últimas muchas más, formando un zigurat tan considerable como el Templo Blanco, en cuya cima se sentaría el nuevo príncipe. A pesar de tanto empeño, nadie consiguió la proeza.

¿Qué hacer? se preguntaron todos. Las sectas ahora confabulaban. Nadie pudo acudir al sabio Abraham por cuanto había partido ya de Ur, ciudad situada cerca de la desembocadura del Tigris, respondiendo a la llamada de Yahvé para ir adonde El lo llevase y convertirlo en un gran pueblo. Es evidente que solo una inspiración divina a través de la gran inteligencia del patriarca pudo conducirlo a la percepción de un solo Dios inmaterial, intangible, irrepresetable, inmutable y eterno. Hay que decir que  algunos faltos de fe y también de lógica atribuyen infundadamente dicha revelación al posterior Akenatón, Faraón de Egipto y adorador del Sol. Pero volvamos a nuestro tema.

¿Quién hubiera hecho caso de un loco como Abraham en medio del politeísmo reinante en Sumeria y en los campamentos circundantes? Dicen que estos últimos organizaban en su país procesiones y romerías idólatras más grandes incluso que en Sumeria. En aquellas, buena parte de los hombres se emborrachaban en honor de un dios llamado después Baco y de otros más; misterios que han perdurado a través de la historia con más o menos transformaciones. Adoradores de falsos dioses, ¿cómo iban a confiar en la Divina Providencia?

Fuiste tú ¡oh Fortuna! quien resolviste el problema con la brillante idea de que varias sectas se pusiesen de acuerdo para conseguir el quórum precisado, juntando sus escaños. Bastaron tres, de las cuales una era tan insignificante como los recuerdos del pasado. Así se lo inspiraste, Némesis, y así fue como Ishkur, que ni siquiera se lo imaginaba, fue elegido príncipe de Uruk y se sentó en la honorable cima del Templo Blanco. ¿Le parecía ahora lejano su campamento de procedencia? ¿Se cumpliría el popular acerbo dos son compañía, tres multitud?

De repente, Ishkur cayó en lo bien que le hubiera ido conocer lenguas, especialmente el sumerio. Por ello, chocó a sí mismo que apenas supiese hablarlo después de tantos años de residir en las afueras de Uruk, dándose cuenta de que había otra Sumeria que quizás fuese más amplia que la que había vivido, con una historia y cultura propias que se perdía en los tiempos, poblada de gentes diversas y no solo de los que tenían su procedencia, en definitiva, más real.

La tierra prometida, que era tolerante, aceptó sin rechistar sus carencias y su extraño acento que recordaba a los residentes de ciertos campamentos y, en muchos casos, a las sirvientas de las señoras de Uruk.

Se decidió que debiera recibir las oportunas clases de una lengua que nunca pensó que fuese necesario hablar. Y como esta era su mayor dificultad, con el fin de evitar discursos molestos (desconocía el arte de la oratoria que no podían otorgarle Calíope o Polimnia, por no haber nacido todavía), proclamó en sumerio, esta vez sí, un lema práctico: hechos y no palabras. Sin embargo, le faltó la habilidad de suprimir la conjunción copulativa “y” que nunca habría salido de la boca de un oráculo. Es notorio que si hubiera enunciado hechos no palabras habría sido distinto, dado que dependiendo de una invisible coma que tanto puede situarse delante del no como detrás, hace cambiar el sentido de la frase según resultados e intereses.

Pues bien, a pesar de los favores que la tierra prometida le había concedido, no sin ayuda de Fortuna, no supo estar a la altura de las circunstancias por adolecer de las cuatro cualidades que muy posteriormente fijó Platón como fundamentos de la democracia: sabiduría, valentía, moderación y justicia; y por tanto, básicas para el buen gobierno de un príncipe.

Sabiduría: por cuanto ni fue educado en ella ni nunca trató de buscarla. Contrariamente a los anteriores príncipes de Sumeria (como Gilgamesh), no escribía ni era leído, desconocía lenguas y escuchaba poco al pueblo que cada vez se alejaba más de la política, pasando éste de forma progresiva de la indiferencia a la indignación. Solo tenía oídos para su secta y de alguna forma, para aquellas otras dos abominables con las que tenía que compartir canonjías (efectivamente tres es multitud). Era falto de ingenio.

Valentía: por no saber decir no cuando hay que decirlo, lo mismo que para deponer cargos cuando toca y poseer un incomprensible temor por el pequeño reino vecino y por las sectas con las que convivía y con la suya propia.

Moderación: por su irascible carácter que no sabía contener cuando le llevaban la contraria o le hacían preguntas insidiosas. No carecía de una cierta terquedad.

Justicia: por no tener la constante y perpetua voluntad de dar a cada cual lo que le corresponde. Aceptó el cargo de jeque de su secta sin votación previa después de haberse defenestrado al anterior; dejó que las canonjías aprovechasen  su situación sin decretar dimisiones; vió la paja en el ojo ajeno, etc.

Sería largo extenderse en ejemplos. Sin embargo, ¿podría justificarse su actitud por creerse en la obligación de mantener un equilibrio entre las tres sectas que presidía, todas ellas en continua mêlée? Nos atrevemos a decir que no. Sorprende su impasible actitud ante inadecuados usos de poderes y mala gestión de algunos de sus subalternos que, emborrachados como los nuevos ricos por su actual situación, presumían de un prestigio del que carecían y se agarraban a sus sillones para no perder una dorada situación que los devolviese a su triste y poco lucrativa procedencia. También asombra la ambigüedad de sus mensajes que, con independencia de no reunir un estilo unitario (lo que acredita que Ishkur no los redactó personalmente, ni tampoco una sola pluma), apaciguaba ánimos a la población, dirigiéndose a la misma en momentos críticos de su historia con un tono bondadoso y paternalista, en definitiva, de superioridad, más propio de un sumo sacerdote que de un hombre de acción como pretendía aparentar.

Pocas tablillas han quedado de dicho pasado y por tanto es difícil saber más de esta época remota y gris.

El propio pueblo sustituyó a Ishkur por un nuevo príncipe. Quedó apartado de la política activa, pero Fortuna no se lo arrebató todo. Le dejó un cuerno. Si bien Ishkur nunca correspondió a las bondades de Sumeria, tierra prometida que tanto le dio, ésta le mantuvo dignamente un sueldo hasta el fin de sus días,  a costa de no pocos esfuerzos. Su esposa consiguió también buenos ingresos a través de cargos públicos que le correspondían por razón de su cargo. Y ello en épocas de vacas flacas, cuando el pobre pueblo sumerio tenía que emigrar (como antes hicieran los habitantes de los campamentos) mientras llenaba ya no tan pacientemente las arcas del reino al que prestaba vasallaje. Por desgracia, el cuerno de Fortuna  no contenía la paz. Pensamientos difíciles de confesar (y menos entre los suyos) sobre diversidad, identidad, pueblo, nación, estado y derecho a decidir, le acechaban inmerecidamente día y noche, creándole unas dudas obsesivas que se mezcaban en su cabeza como en una coctelera. !Ay Babel metafísica! ¿Cómo habiendo tenido ideas tan claras sobre la lucha de clases y la igualdad, las veía ahora minimizadas, ridículas, casi irreales? ¿Habría envejecido de repente? !Oh Fortuna, infernal rueda que nunca satisfaces plenamente!

Muy pocos hombres han cambiado el rumbo de la historia. Quizás solo un contado número tuvo la oportunidad de hacerlo. Ishtur lo fue, pero su mediocridad se lo impidió. Aquellos son los que sirven de ejemplo a futuras generaciones y cuyos nombres se grabaron en zigurats y otros monumentos a lo largo de los tiempos. No hemos encontrado el de Ishkur. Sin duda, no había nacido para príncipe. Erraron quienes lo eligieron.

Un arqueólogo ha descubierto con la lectura de unas tablillas recientemente encontradas que Sumeria consiguió finalmente desprenderse del vasallaje que la condenaba a su desaparición. No hacen ninguna referencia a Ishkur.

Monsieur de Voltaire

PS: dedicado a mi apreciado consanguíneo AC

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