Madrid a la carta (recepción a los vencedores del Mundial Johannesburg 2010)

Hay que dejar que los pueblos tengan su expansión. En Barcelona uno la tuvo el día de la manifestación 10Jl. En Madrid, bastante más pequeña, la tuvo otro con la recepción de los jugadores de fútbol que traían la Copa del Mundo a España. La diferencia es que mientras la segunda representación acabó allí, la primera es una hoja de ruta, un encargo, el mandato de un pueblo.

Y tantas son las diferencias que ya no hay posibilidad de reconciliación. ¡Es el divorcio, mes amis! No cabe duda de que en la Ciudad Condal reivindicaban justicia, exigiendo un trato igualitario no solo dentro del Estado, sino con el resto de las naciones y en la Villa se vanagloriaban de algo efímero, as usual. Si en la capital catalana gritaban indepèndencia y proclamaban som una nació y volem decidir, en la capital constitucional saludaban a reyes del mundo, sintiéndose en éxtasis por considerar que la roja había puesto el mundo a sus pies (¿que pensaría Santa Teresa?). Junto al mar, ponían en evidencia el expolio indisimulado de un pueblo trabajador, tolerante y fiel; en la meseta, el optimista gol a la economía (así rezaba un titular) de un pueblo acomplejado, envidioso y ruin. En tanto que en Barcelona hubo alegría por el galardón obtenido (no en vano contribuyó abrumadoramente a ello), en Madrid histeria (sin reconocer al Barça un solo granito de arena, aunque se vió pasear a algunos de sus jugadores con la senyera tanto en Johannesburg como en Madrid). Y por ello, así como en Brasil 2014 Cataluña quiere competir, los comendadores del Reino se lo quieren impedir. ¿Miedo al Cataluña-España?

Concluimos para dejar nota de que cualquier comparación (algunas se han hecho) de los motivos de la manifestación con los del recibimiento a los campeones es del todo absurda, lo mismo que confundir el culo con las témporas. Nada tienen que ver la una con la otra. Es evidente, además, que ¿cómo va a reconocer el orgulloso que su relativa prosperidad se debe a otros? Pero los otros se han cansado ya. Europa ha dicho ¡basta! Y Cataluña lo está repitiendo cada día en su lento pero imparable camino a la libertad. ¡Quien tenga oídos para oír que oiga! ¿No dicen que no hay peor sordo que el que no quiere oir? Lo mismo cabe decir de quien no quiera ver. Empero, el tren está lleno y la máquina resopla.

Cuando las máscaras han caído y se pone en evidencia la carencia de una inteligentza falta de espíritu crítico y constructivo; cuando solo queda un pequeño mundo que se mira fanáticamente el ombligo; cuando poco más que una quimera queda de España mientras se desvanece el sueño de su imagen formada por símbolos excluyentes, es lógico que el fútbol, ese nuevo opio del pueblo, suavice los horrores del vacío que siente a sus pies, del miedo a su también lenta pero irremisible disolución.

Monsieur de Voltaire

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