La España imposible (respuesta de Lord Chesterfield a Voltaire)

Lord Chesterfield

Lord Chesterfield

Introducción: Philip Dormer Stanhope, Conde de Chesterfield (1694 – 1773), tuvo un hijo natural, único descendiente que falleció antes que él,  con quien comenzaría la correspondencia llamada “Cartas a su Hijo” (compendio clásico de las letras), donde le ofrecía consejos en su “grand tour”  por Europa.  Su pariente James Stanhope luchó en España durante la Guerra de Sucesión. Tuvo amistad con Voltaire, el cual escribió la historia “Les oreilles de Lord Chesterfield”. El Dr. Samuel Johnson publicaría en vida de aquél su famoso y primer Diccionario de la Lengua Inglesa.

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Monsieur,

Recibí su carta con cierto retraso. Me hallo en Bath desde hace algún tiempo, lo que impide un correo puntual.

Dice usted que mi hijo le ofreció leer alguna de mis cartas, pero nada me comenta sobre él. Ya sabe lo mucho que me preocupa su formación y no he ahorrado los consejos que entiendo debe recibir de un padre como yo. Le considero una obra mía y no me creo un mal autor. Por eso soy un crítico severo. Conoce usted mi empeño al respecto.

Como no puedo dudar de su agudo ingenio espero que, dentro de los cauces que deben admitirse por razón de la edad, no habrá resistido la tentación de provocarle. Me gustaría saber su opinión. ¿Hasta que punto domina la elegancia, la delicadeza y la ortografía de la que se ha convertido, por así decirlo, en la lengua universal de Europa? ¿Ha adquirido ya ese esprit actualmente en boga en París? Nadie mejor que usted para juzgar, monsieur.

Philip tiene en su haber, además del francés, el latín, el griego, el alemán y el italiano, lenguas más que suficientes para moverse al más alto nivel en todas las cortes del continente. El grand tour que está haciendo junto a Mr. Harte, el preceptor que le destiné, concluye en París en donde debe formarse en el arte de gustar a través de las buenas maneras, de les grâces, las elegancias, ese indefinible je ne sais quoi para hacer a un hombre amable que la Corte de Versalles domina como nadie. Por eso le aconsejé en una de mis cartas que solo debía pensar en brillar, no en tener peso: si no brilla, el peso es puro plomo. Ello no impide ser fortiter in re mas suaviter in modo, ni dejarse llevar por modas ni camarillas. Nada es bello si no es auténtico.

Desde mi privilegiado púlpito así se lo he reiterado y no me cansaré de hacerlo. Tampoco puede ocultarse a los muchos ojos y orejas de que dispongo. Supongo que no le importará que me sirva de los suyos.

En otro orden de cosas, cuando usted hace referencia a la falta de aire fresco proveniente del Sur, es natural, monsieur. Estamos en verano y el Mediterráneo solo conviene a reumáticos. En cualquier caso soy consciente de la falta de apertura en casi todas las Cortes europeas, especialmente en la española. Un rey les hace entrar ciegamente en sus miras, a diferencia de Londres en donde un rey debe entrar en las de su pueblo.

He de reconocer que, si bien Lord Bolingbroke acaba de enseñarme como se lee la historia, usted me ilustra acerca de cómo se escribe. Como buen alumno suyo, lo he aprendido bien. Me pongo a prueba ante mi maestro.

España es el resultado de lo que nunca debiera hacer un buen gobierno. No se si la falta de genio político, la incultura, el fanatismo, la holgazanería o la soberbia de sus dirigentes, la han llevado a la ruina. Los resultados que obtiene siempre son inversamente proporcionales a sus intenciones. Esa falta de cold head tan necesaria para el buen dirigente, lo pierde en cuestiones banales.

A propósito ¿qué es España? No le quepa duda de que, desde el momento en que una facción se apropia indebidamente del concepto para definirlo contra otros posibles de facciones distintas, se convierte en un valor excluyente, invalidando el resultado incluyente que pretendía.

Observe que la efectiva unión personal de coronas no se produce hasta principios del siglo XVI. Es desde entonces cuando la palabra España se utilizó a lo largo de dicho siglo y del XVII en una gran variedad de sentidos. Así lo dice su compatriota Pierre Vilar. No debemos olvidar, comenta, que la monarquía española de dicho periodo es una monarquía pluriestatal, dotada de algunos y muy importantes organismos comunes, pero no un Estado español poco a mal centralizado.

Por ello, continúa, para muchos castellanos de entonces, España era o bien la Corona de Castilla o bien el conjunto de las tierras peninsulares bajo su dominio. Ni las Crónicas de España ni las Historias de España publicadas por castellanos se refieren para nada a la Corona de Aragón, excepto en la medida en que la historia de ésta se cruza con la de Castilla. En cambio, entre los cronistas y autores catalana-aragoneses del siglo XVI, el sentido más habitual es el humanista, romanizante: España es el equivalente de la Hispania romana que incluye, naturalmente, a Portugal, tanto antes como después de que formase parte de la monarquía hispánica (1580-1640), que abarcaba casi toda la península Ibérica. Tampoco faltan los que hacen coincidir España con los territorios europeos que forman parte de las Coronas de Aragón y de Castilla. Para éstos, ni Canarias ni Azores eran España. Sí, en cambio, Cerdeña y Sicília.

Bien describe usted en su Essai sur les mœurs et l’esprit des nations la decadencia del efímero imperio desde la muerte de Felipe II. Expulsados hacía tiempo árabes y judíos, con Felipe III vuelve a repetirse la misma historia con los moros (1609) que tan bien servían los campos despoblados del país de la pereza. Con el último adieu a aquella mano de obra, a la que siglos antes había precedido la de cabezas pensantes (el Conde de Barcelona siempre protegió a los judíos, destacados en medicina y finanzas) ¿qué quedaba más que un país despoblado y sin recursos?

Felipe III hubiera podido cubrir los mares de navíos, y las pequeñas provincias de mercaderes de Holanda tenían más que él. Nada aprovechó a España. En estos siglos solo es destacable su literatura (la sana filosofía fue siempre ignorada) que elevó la lengua castellana a las cotas más altas, muy adecuada para ritos y ceremonias, pero no para moverse por Europa.

Felipe V

Felipe V

Así llegamos hasta Felipe de Bourbon (desconozco si era aficionado al whisky), IV de Aragón y V de Castilla, que importa los peores vicios del absolutismo francés a los Reinos de España, cuya corona se disputan todos los de Europa como consecuencia del fallecimiento sin descendencia de Carlos II. ¡Es la guerra! Sí, la de Sucesión que durará más de quince años librándose muchas batallas en Italia, Países Bajos, Danubio, Portugal, Ucrania, Polonia, Báltico, Acadia, Massachusetts, Indias Occidentales y Brasil, antes de que se enfrentasen en España en donde se dividieron en dos facciones, la de la Corona de Castilla, fiel al mencionado Bourbon y la de Aragón, que seguía al archiduque, proclamado rey como Carlos III.

Tras la batalla de Almansa (1707) quedó prácticamente borrado del mapa el Reino de Aragón. ¡Cuantas veces mi pariente James Stanhope me ha comentado la toma del puerto de Mahón en Menorca! Claro que más tarde acabaría prisionero hasta su vuelta a Inglaterra.

Carlos III

Carlos III

Pues bien, en 1710 muere el emperador y hereda la corona el rey-archiduque con el nombre de Carlos VI. El español Carlos III regresa, pues, a Austria y los aliados evacuan Cataluña reducida ya a la Catalunya vella, último bastión de resistencia al español Felipe V.

Se firman los tratados de Utrecht-Rastatt (1713-1714) y hay reparto de reinos, colonias y demás prebendas que garantizan a Felipe V (IV de Aragón) el reino de España y las Indias, a condición, claro, de renunciar a la corona francesa. Gibraltar y Menorca pasan a la Gran Bretaña, Sicilia (más adelante cambiada por Cerdeña) al duque de Saboya; y Nápoles y Milán al emperador.

Asalto final a Barcelona

Asalto final a Barcelona (1714)

El 11 de Septiembre de 1714 cae Barcelona (ya del todo abandonada) que Rafael de Casanova, Conseller en Cap, rinde ante el ejército francés para prever una masacre. Antoni Desvalls i de Vergós, Marqués del Poal y comandante del ejército catalán exterior a la capital, sale de la inexpugnable Cardona, la otra de las dos últimas plazas bastiones, para refugiarse en Austria en donde falleció tras prestar honrosos servicios al emperador que lo elevaría a grande de España, ya ve usted lo que son las cosas.

Desde entonces la historia oficial se maquilla abundando en la imagen de una España Corona de Castilla, incrementada por el touche francés. En fin, conceptuada parcialmente, como al principio indicaba. Se intentan imponer un pensamiento unitario, una sola lengua, una sola cultura, un solo nacimiento, desarrollo y destino de una supuesta nación. Francia sirve de ejemplo. Se suceden Reales Decretos y Constituciones que claramente lo acreditan con prohibiciones de uso de lengua, cierre de universidades, nuevas divisiones administrativas, ocupación de puestos clave (algunos de éstos no eran tan recientes desde el fin de la Casa de Barcelona), recaudación de impuestos y su reparto y muchas más aboliciones. Todo está escrito, nada hay que añadir.

Tampoco hay que echar la culpa de todo al invasor. Ni que decir tiene que unas facciones catalanas, llamadas botiflers (¡todavía quedan!), las más de las veces motivadas por intereses privados han participado, a cambio de prebendas, en la ocupación, imparables por la diezmada población sobrevenida tras pestes, guerras y amante de la paz que hace prosperar el comercio y la industria que quizás dependa de un único cliente, puede usted imagirse cuál.  Cada país, dicen, tiene el gobierno que se merece.

A pesar de todo ello, de esa especial inquina para diluir lo catalán reduciéndolo a lo meramente folclórico o provinciano (así lo venden), su pueblo no ha olvidado ni su historia ni su lengua. Llegó una Renaixença que plantó nuevas semillas. Han transcurrido más de cien años, tiempo sobrado para germinar. Y así llegamos a esos aires de libertad a los que usted también se refiere. Probablemente ventilarán las últimas pestilencias veraniegas. No hay voluntad que pueda imponerse a la legítima de un pueblo. Por lo que me dice usted y otros me cuentan, creo que el Reino que hubiera podido ser de Reinos, ha perdido su última oportunidad de construcción.

Termino. No quiero cansarle más, monsieur. Son las ocho de la noche, la hora en que acostumbro a cenar si no me lo impiden tediosas relaciones sociales. Es del todo inadecuado que el beau monde se haga servir la última comida del día casi cuando amanece. Vive absurdamente de noche, como las lechuzas.

Samuel Johnson

Samuel Johnson

¡Ah!, le interesará saber que el Dr. Samuel Johnson ya ha publicado su Diccionario de la Lengua Inglesa. Todavía no puedo creer que sea la obra de un solo hombre. Su autor, a quien he favorecido, se ha negado a dedicármelo.

Au revoir. Sabe que las puertas de mi casa siempre están abiertas para usted. Aguardaré ansioso tanto sus noticias como su visita. Reciba mis respetuosos saludos.

Philip Dormer Stanhope
Conde de Chesterfield

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