Conciencia de colonia

Cu-cut!

Y ahora, quien trate de hacerle algo a Cataluña que suba aquí arriba! dice el pié de portada de la revista "Cu-cut!" de 17 de Mayo de 1906

Fíjense bien a quienes están eliminando las facciones del colonialismo español. Los catalanes no caben en sus filas. El sistema se ha puesto a la defensiva. A quien no echan, hacen que se vaya por sí mismo. Es uno de los sistemas clásicos de mando. Ante el desprecio del poder, disfrazado de una indiferencia más o menos encubierta, el cesante pasa por tres fases: rechazo, hartazgo, liberación. Vean si no a quienes ponen en su lugar, todos ellos dignos representantes de lo que ya solo unos pocos consideran Cataluña, la del aluvión, la que algún desinformado calificó de real. Es decir, no la inmigración cosmopolita de los últimos años, que hace daño a parte de los anteriormente llegados, sino a los penúltimos en acudir a la tierra prometida con una mano delante y otra detrás (o a sus hijos, da lo mismo) y en la que !vaya por donde! progresaron. Cataluña les dio lo que su país les negaba.

Pero como la potencia colonial es débil, su arma se ha convertido en un peligroso bumerán. Cataluña no es cualquier colonia. Es la mejor de las que quedan.

Todos saben perfectamente que en un momento dado, en esta tierra de paso, un crisol parecido al de todas las naciones, creó lengua y cultura propias que todavía siguen vivas. Extrañamente vivas al habérselo arrebatado primero su estado y poco a poco su lengua, algunos de cuyos inmigrantes ignoran y otros se niegan a hablar lo que en cortesía les obligaría. De este modo, muchos indígenas todavía cambian involuntariamente a la lengua del inmigrante por una gentileza que éstos (cada vez menos) no conceden casi nunca.

Hasta que los hijos de aquellos inmigrantes no fueron educados en la lengua propia de Cataluña, que ciertamente estaba prohibido enseñar, ninguno se esmeró en aprenderla. En los lugares en donde vivían, generalmente en la banlieue de Barcelona, incluso han conservado durante generaciones el acento peculiar de su lugar de procedencia. Otros se lanzaron a hacerlo cuando vieron que el Presidente de la Generalitat, que tenía su mismo origen, no tuvo más remedio que hablarlo. Mal, pero hablarlo. Hasta entonces ¿no lo había necesitado a pesar de sus cargos públicos?

Siempre creyeron en la metrópolis que inundando Cataluña de inmigrantes, primero españoles, luego extranjeros (los enviaban masivamente de donde fuere) diluirían las peculiaridades indígenas, las transformarían, aplastarían el incómodo (¿por qué?) hecho diferencial que pasaría a formar parte del pasado, de la historia, como también habían hecho en América.

Pero resultó ser que el lugar tenía cultura y una clase media creadora de riqueza. Era paciente y respetuoso. Este melting pot milenario tenía y tiene un no se qué peculiar y atrayente, en donde el sobrevenido se siente extraño primero, cómodo después y finalmente orgulloso. Más de una madre ha aleccionado a sus hijos con un !no olvides que tú eres de la tierra que te da de comer!. Sin embargo, una vez nacidos en Cataluña, ¿quien puede negarles que son catalanes de nacimiento? Eso sí, faltará todavía algo importante: la actitud, el querer serlo, el asumir plenamente esta condición. Para ello, hay que llegar a la médula y esta es una cuestión personal.

Según la inteligencia, la condición económica y social y sobre todo la propia voluntad, podrá llegarse a ello más o menos fácilmente. También están las circunstancias que imperceptiblemente envolventes, matizan, delimitan y retocan aquello que compone una forma de ser, una actitud, un estilo de vida. Estar más o menos vinculado a un entorno favorable para recibir y tener una capacidad de absorción, facilitará este hecho. Estar más o menos inmerso en la sociedad de acogida condiciona la evolución. !Qué difícil es entrar en ciertos círculos! Pero esto ocurre en todo el mundo. A nadie se le escapa que estos círculos tiene médula catalana. Sí, el conocimiento y dentro de él la enseñanza, las profesiones liberales, la intelligenza en general, así como los deportes, el arte, los oficios, el diseño, la industria, el comercio, la navegación, las finanzas, en fin, los empresarios y también los trabajadores, incluidos patronal y sindicatos, tiene esprit catalán o, excepcionalmente, lo pretenden, quiere aparecer con ese barniz. ¿Alguien lo duda?

Lo catalán no solo es una lengua (algunos hijos de botiflers no la practican demasiado como tampoco algunos inmigrantes o descendientes de éstos), pero sí constituye un estilo de vida, un modus operandi, una forma de hacer las cosas y de presentarlas, desde las más rudimentarias a las más complicadas, que difiere totalmente del resto del Estado. Cualquiera que venga de fuera lo aprecia y quienquiera que vaya lo nota.

Aquél que se ha esforzado por ser como son los catalanes, aquél que quería obtener este esprit lo ha conseguido. Otros lo han hecho con menor intensidad de una forma inconsciente. Se dan cuenta de ello cuando regresan al pueblo.

Hay excepciones reaccionarias. Son aquellas que se han recluido en su gueto, que no desean cambiar, que todavía quieren imponer algo ajeno a la sociedad que los acoge, que no aceptan su cultura ni quieren conocerla y que, sin apenas darse cuenta, se marginan a sí mismos. Son de tres clases.

La mayoría pertenece a lo que podríamos generalmente designar con el nombre de funcionarios, aunque ello no supone que estén detrás de una ventanilla. Tampoco son todos los que están ni están todos los que son. Hay jueces, notarios, registradores, fiscales, recaudadores, militares, policías, profesores de universidad y empleados de empresas públicas. Son los que la metrópolis ha puesto en acto de servicio. Se creen que mandan, que dirigen. Su actitud es imponer, aunque cada ves más sutilmente. En ocasiones, un desliz los pone en evidencia.

Otros tienen una posición distinta, son trabajadores, especialmente por cuenta propia o pequeños empresarios. Para designarlos de alguna forma, Los llamaremos autónomos. Abundan menos porque para la mayoría de los de esta clase social, los de arriba son los nativos y no los otros.

Reacios a probar otras aguas, todos ellos están poseídos por la verdad, tocados por una ceguera que les impide asumir la diferencia. Son fanáticos.

Y finalmente están algunos indígenas. Los llaman botiflers que, bien por atavismo familiar y por tanto, falta de capacidad para hacer un análisis crítico desde la Guerra de Sucesión hasta el franquismo -éste especialmente asumido como como si fuese un gen familiar-, bien por estar a sueldo de la metrópolis o por extrañas convicciones propias de una visión imperialista del Estado, rechazan lo catalán. Invirtiendo curiosamente los papeles, quieren romper la tradición. Aceptan la herencia de muebles, joyas y la lengua castellana impuesta que sus abuelos no hablaban. Nunca darán una argumentación sólida a su actitud. No tienen discurso. Toda su dialéctica está basada en frases hechas o en la inculta creencia de que lo catalán es aldeano, sin preguntarse si también lo son el hebreo, el kurdo o el flamenco. Son pretenciosos.

La mayoría, generalmente cursi (lean al respecto La cultura de la cursilería, mal gusto, clase y kitsch en la España moderna de Noël Valis, catedrática de literatura española en Yale), cree en una España irreal, inexistente, basada mayormente en signos folclóricos y carece de una cultura sólida, abierta y cosmopolina. Son el polo opuesto de lo que antes hemos llamado la médula del esprit catalán. Repasen su lista de relaciones y lo comprobarán, se lo aseguro.

Algunos coquetean con el centro de poder para obtener prebendas que quizás les niegue la falta de relaciones en el mundo medular antes indicado. De este modo suben también a través de familias endogámicas, las de su partido político que tan democráticamente los ha designado y los hace caer. Pero no teman. Esta mentalidad imperialista concluyó definitivamente en el siglo XX.

Antes de él, algunos de los sobrevenidos en otros continentes tras varias generaciones se rebelaron de la metrópoli para independizarse. Pues bien, el curso de la historia sigue inexorable. No hay nadie que pueda con él. Y cuanta más opresión haya, tanto más crecerán las ansias de libertad a la que todo pueblo tiene derecho.

La metrópolis siempre fue igual. Los que han optado por seguir defendiéndola de forma inflexible, si son de colonias, han sido y serán oportunamente traicionados por aquella cuando ya no le sirvan, cuando ya no sean un instrumento eficaz de expoliación. Caerán irremisiblemente. Como perros fieles mordieron ciegamente el hueso envenenado que les ofreció. Los que fueron a servir a la corte en donde bien pocas veces tuvieron poltrona cercana al poder, cuando su función está cumplida, cuando se dan cuenta de que solo sirven para acatar órdenes concretas y de incensarios para aturdir a sus paisanos con el fin de que crean que alguno de los suyos también gobierna, llega su muerte política, impidiéndoles disfrutar de unas vacaciones de oro en alguna empresa pública como bien hacen (!solo faltaría!) los gutiérrez, los martínez y los pérez de turno. Quizás aquéllos puedan obtener alguna pequeña prebenda en la colonia.

Roma nunca paga traidores.

La metrópolis tiene además un poderoso aparato mediático que está continuamente descalificando a Cataluña. Miente impunemente, distorsiona la verdad o la oculta, según el caso; confunde a la opinión pública -que no ve más allá de su ombligo-, provocándola contra los nativos a quienes se atribuyen todos los pecados, todas las enfermedades, a quienes se niega todas las virtudes, estableciendo una corriente desfavorable que los machaca de forma implacable, llegando hasta el aborrecimiento y el insulto.

Si estuviéramos en Sudáfrica a tales actuaciones las llamarían apartheid. Pero claro, allí la mayoría invadida es negra y la diferencia de color vende más. En Cataluña la minoría invasora es tan blanca como la indígena porque ésta, desde la antigüedad, ha sido siempre tierra de inmigración blanca. Los negros llegaron hace poco. En fin, si estuviésemos en otro lugar le llamarían racismo.

Es extraño que en la metrópolis nadie, absolutamente nadie, haya denunciado esta actitud. ¿No existe una intelligenza? ¿Tiene miedo a perder el trabajo? ¿Es el régimen del terror? Me atrevo a decir que sí.

La metrópolis siempre fue así pero quien realmente ha cambiado ha sido la colonia. Hace tiempo que se maquilló a Cataluña en forma de cuatro provincias y a pesar de que también se hizo lo propio con su historia todos, absolutamente todos, saben que es una nación que tuvo un estado propio. Sí, por fin Cataluña ha tomado conciencia de la realidad, del motivo por el que tiene que soportar un trato notoriamente injusto.

El origen de todo está en la metrópolis. La poca perspicacia política de los últimos gobiernos de las facciones ultranacionalistas españolas rompieron la baraja, el pacto establecido, poniendo al nuevo Estado que pretendían sostener con sus ineficaces riendas una máscara apolillada, raída, que apenas se sostenía y que permitía ver el rostro de la España negra que volvía con una lúgubre sonrisa y con ella, la decadencia e hipocresía de un imperialismo fuera de tiempo y lugar, exclusivo y excluyente, lejano al bienestar de todo el pueblo.

Así, cuando se muestra el engendro nacido del lascivo abrazo de ignoracia y codicia, que no encuentra espejo alguno en donde mirarse, la gente huye antes de sucumbir a su guadaña. Pero las riendas están sueltas y el Estado galopa a través de páramos estériles, esquelético y desbocado. No tiene fuerzas para dar el golpe ni apenas donde darlo. No hubo ningún José que lo preparase para la época de las vacas flacas. Se da cuenta ya tarde de que no es nadie, oh vanagloria!, solo un pig más en una Europa que se ha hartado. Vana y estéril, cualquier inversión ha caido en saco roto, se ha perdido. Cierra grifos, pone embudos y confirma sus falsas promesas. Una vez más, paga Cataluña. Pero ésta, que hacía tiempo conocía de que pié calzaba la prodigalidad estatal, solo beneficiosa para unos pocos, ha colmado su paciencia y se ha concienciado de una vez por todas de no ser más que una colonial al estilo de siglos pasados que solo sirve para engordar a otros a costa suya, hasta su misma extenuación.

¿No fueron también curiosas provincias Marruecos, Guinea Ecuatorial y el Sahara? ¿No lo son Canarias, Ceuta y Melilla? ¿Hasta cuando seguirán siéndolo? Solo Dios lo sabe y los caminos de la Divina Providencia son inescrutables. De todos modos, algo está en manos de sus habitantes y no tanto en las ávidas de sus estados vecinos.

Y mientras se consolida la toma de conciencia del notorio expolio de Cataluña, las sucursales en la colonia de las facciones cercanas a la metrópolis o apenas tienen influencia o la están perdiendo a marchas forzadas. Los nativos se han dado cuenta de que aquellas solo admitirá esbirros que se avengan a la explotación. La mayoría de sus acólitos pertenecen ya a dichos corpúsculos sociales, brevemente resumidos en funcionarios, autónomos y botiflers. Vean que hasta los nuevos inmigrantes votan a favor de la independencia. Sienten ya a Cataluña antes que a España. ¿O es que no han pasado ellos en sus países de origen por trances similares que les ha llevado a la ruina? Se ha producido el efecto contrario al previsto.

Las tribus catalanas han dado muchas vueltas por los desiertos de la incomprensión, están cansadas y quieren vivir libres en su tierra. No han de conquistar ninguna, sino redimir de tiranos la suya, la invadida. Las trompetas han sonado. El oasis  se ha convertido en un espejismo y las poltronas de los supuestos representantes del pueblo se tambalean. ¿Qué camino tomar en este mar de arena? Los cuatro puntos cardinales son inabarcables, solo uno los sacará del seco y desolado naufragio. Se consulta a todo tipo de pitias y se preparan posiciones. Mientras, el pueblo, ajeno a sus movimientos, está ya trabajando para coordinar esfuerzos, para unir su clara voluntad, aquella a la que, !ay!, todavía no quieren escuchar. La ilusión ha renacido. Falta un conductor.

Monsieur de Voltaire

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