Diálogo VI (en París). Manifesto del Café Procope

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Café Procope, París

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Voltaire alza la mano en una tertulia del Café Procope
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Primer tercio del diglo XVIII. Café Procope. París, número 13 de la rue de Fossés-Saint-Germain (actualmente rue de l’Annciene Comédie):

– Bon jour, monsieur (dijo Francesco Procopio)
– Bon jour, monsieur Procopio (pensé que había envejecido)
– Tiene usted preparada la mesa. Hice llenar el tintero, cambiar el secante y poner nueva plumilla.
– Gracias, Francesco. Hablando de plumillas, han llegado los pollos que prometió Madame de Lambert?
– Los acaban de traer, monsieur, y los están preparando. La marquesa ha sido muy amable.
– No hay tertulia completa sin marquesa ni pollo.

Una vez en mi escritorio pensé las horas que había pasado en el Procope. El café que servían era el mejor de París y guisaban muy bien. Comeríamos a las doce y después mantendríamos una de aquellas tertulias que, en horas de digestión, tanto pueden ayudar a despejar la mente como a depositarte en brazos de Morfeo.

Me puse a tomar apuntes para mi Diccionario Filosófico Portátil que seguramente acabaría en el “Index Librorum Prohibitorum” como toda mi obra.

“Letra C. Contradicciones: … El gran turco manda cortar la cabeza a todo el que le parece, y raras veces puede conservar la suya…”

– Su café, señor
– Gracias… esto… “El Santo padre confirma la elección de los emperadores, tiene por vasallos a los reyes, y ni siquiera es tan poderoso como un duque de Saboya”.
– Decía algo, señor?
– No, no… “Expide órdenes para América y para África, y no es dueño de privar de ningún privilegio a la República de Lucca”.

Seguí así hasta la llegada del primer comensal. Cuando Procopio me anunció que abajo estaba Montesquieu, trabajaba en la letra “D” tratando de “democracia”. Releí la última frase escrita: “… El gobierno popular es por su misma esencia menos inicuo y abominable que el poder tiránico”.

– Gracias monsieur Procope (pensé que le quedaba bien la adaptación al francés de su apellido), tenga el favor de decirle que ahora mismo bajo.
– Les he preparado una sala en este mismo piso, monsieur.
– De acuerdo, dígale entonces que suba.

Sequé la tinta, guardé pluma y papeles y apenas me dió tiempo para levantarme que Montesquieu alcanzaba el rellano. Nos saludamos. Fuimos a la sala para esperar al resto.

Una vez reunidos en torno a una gran mesa, comimos el pollo (excelente por cierto), bebimos el borgoña que nos tenían preparado y nos adherimos como moscas al helado de Procope más celebrado por Luis XIV.

Concluido el ágape, separamos las sillas de la mesa para que el servicio pudiera retirarla, convirtiendo parte de la misma en dos “demi-lunes” a modo de bufetes laterales de la pieza. Algunos se levantaron para estirar sus piernas y dar un corto paseo hasta el lavabo. El comedor se había convertido, como era usual, en un salón de tertulia, al que se añadirían nuevos participantes. El servicio estaba distribuyendo más butacas.

Estornudé y al resbalar una lágrima por mi mejilla derecha, tomé un apunte rápido: “L de lágrima. Las lágrimas son el lenguaje mudo del dolor (no me refería a aquel momento, claro). Qué relación puede haber entre una idea triste y este licor líquido y salado que se filtra por una pequeña glándula en el extremo externo del ojo, humedeciendo la conjuntiva y los pequeños puntos lagrimales, desde donde desciende hasta la nariz y hasta la boca por el receptáculo que llamamos saco lagrimal y por sus conductos?”

Desperté de mis pensamientos. En aquel momento, Montesquieu decía:

– Madame, señores. Nos hemos reunido con ocasión de hallarse en París el Marqués de Rubí (le dirigió la mirada e inclinó ligeramente la cabeza, siendo correspondido). Como ustedes saben, el conocido militar catalán participó activamente en la Guerra de Sucesión concluida con la rendición de Barcelona después de un asedio cruel que duró más de un año (murmullos seguidos de una pausa).

– Prosigo. Nuestro invitado fue nombrado ayudante de Carlos III, rey de las Españas. Como virrey del Reino de Mallorca, tras el Tratado de Utrech se negó a entregarlo a Felipe V (también rey de las Españas), vehiculando suministros al sitio de Barcelona y capitulando más tarde en 1715. Fue virrey de Cerdeña para dirigir la retirada de la isla, abandonada para cumplir el Tratado de Utrech que la intercambió por el Reino de Sicília. Fue nombrado por Su Majestad Feldmarschall, grado máximo del Ejército Imperial austro-húngaro (ligero aplauso, murmullos y pausa).

– (Dirigiéndose a Rubí). Señor marqués, es un honor tenerle entre nosotros. Puede usted hacernos una sinopsis de los hechos y darnos su parecer sobre el futuro de Cataluña?

El militar se levantó (aplausos) y tomó la palabra para exponer su versión de los hechos, curiosamente optimista tras haber vivido la derrota, división y reparto del Reino de Aragón. Dejó claro que si bien puede deshacerse una confederación política como la de aquel viejo reino, es enormemente dificultoso hacer desaparecer a un pueblo con identidad propia, siendo para él evidente que Cataluña, en el futuro, recuperaría sus libertades.

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20140514-014347.jpgJosep Antoni de Rubí, marquès de Rubí (1669-1740), militar austricista en la Guerra de Sucesión. Ascendido al grado máximo de Feldmarschall del Ejército Imperial
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Me vienen al recuerdo ciertas intervenciones de algunos de los que estaban. Las expongo seguidamente:

Voltaire: Cataluña puede vivir separada del resto del mundo y los pueblos inmediatos no pueden vivir sin ella (lo dejé escrito en el capítulo XXII de mi “Siglo de Luis XIV”). Por eso la han tomado?

Rubí: Quizás, monsieur, pero hay serias razones dinásticas. En cualquier caso, las disputas de los príncipes pueden modificar las fronteras, pero no los pueblos, a pesar de cuantos Decretos de Nueva Planta se sancionen como derechos de conquista.

Voltaire: Que las cabezas coronadas luchen para acumular reinos que solo debieran pertenecer a sus ciudadanos, es condenable. Van directas en sus carrozas en pos de Asmodeo.

Rubí: Sí, “en cotxe de cavalls cap a les calderes d’en Pere Botere”, decimos nosotros.

Montesquieu: El absolutismo se acaba. Me pregunto incluso si llegará a fin de siglo. Vendrá un tiempo en que diversas facciones de la sociedad, agrupadas políticamente, gobernarán los Estados. Pero sus líderes, aunque lo deseen, no podran ocupar para siempre sus poltronas. Si los partidos no cumplen con el mandato popular, éste los sustituirá mediante asociaciones cívicas y movimientos asamblearios que los derrotarán.

Lord Chesterfield: Se refiere usted a la revolución?

Montesquieu: Llámelo como quiera, milord, pero tenga en cuenta que ésta puede ser sangrienta o no. Todo cambio producido por la fuerza popular, de abajo arriba, para sustitur al poder despótico, al “statu quo” injusto, podemos llamarlo revolución.

Voltaire: Es evidente que las cortes europeas, las cuales solo se han dedicado a conservar sus prebendas oprimiendo al pueblo, caerán una tras otra. Qué defensa le queda a éste sino revelarse para que no sean siempre unos pocos quienes detenten privilegios heredados?

Marquesa de Lambert: Y nosotros qué deberemos hacer cuando el pueblo se revele, monsieur? (Tono irónico sin especificar que entendía por “nosotros”).

Fontenelle: Pasear por el campo mirando las estrellas, madame. Quizá observemos con más frecuencia mundos extraterrestres. A lo mejor Cataluña, tras una revolución, sangrienta o no, pase a pertenecer a otra galaxia (risas) y por fin tengamos noticias de que existe un mundo habitado más allá del nuestro (seguro, seguro!).

Lambert: Le acompañaré, monsieur, para convertir en reales sus personajes imaginarios de “Conversaciones acerca de la pluralidad de los mundos”.

Rubí: Se imaginan ustedes que un día fuesen invadidos por una contienda entre reyes y les cerrasen las universidades, imponiéndoles la lengua oficial?

Lord Chesterfield: Quiere decir que el emperador está preparando la invasión de Francia? (Aspiró el polvillo del tabaco que cogió de una cajita de rapé con el índice y el pulgar).

Rubí: Con independencia de lo que prepare o no el emperador, quiero decir que es difícil que los pueblos dejen de serlo por decreto. Solo cabría a través de un genocidio, si bien éste improbablemente causaría los efectos pretendidos si el pueblo a desaparecer fuese lo suficiente numeroso para multiplicarse y saber transmitir a las siguientes generaciones su legado cultural.

Marivaux: Creo que se ha abierto una nueva universidad en Cervera. No es incongruente cerrar las existentes para abrir otra?

Voltaire: Sí, contradictorio e injusto, como el hecho de haber tenido dos reyes al mismo tiempo. La historia oficial, claro está, borrará a uno de ellos. Pero tanto las contradicciones como la injusticia forman parte de la vida del hombre (pensé en lo que antes había escrito para la letra “C”).

Lambert (también con ironía): Debiera usted añadir a la lista de estupideces la de poner en esos Decretos que el Duque de Anjou es rey por gracia divina, mientras es evidente que se ha impuesto por herencia humana y solamente por la gracia del ejército de su abuelo, Luis XIV. Puede alguien informarnos si figuran ya en el “Index”? (Risas).

Fontenelle (dirigiéndose a Rubí): Cuando cree usted que el Principado recuperará sus derechos y libertades, señor?

Rubí: No soy adivino, sino simplemente militar, monsieur

Marivaux: Tiene razón. Pero podriamos hacer una apuesta escrita para la posteridad. Dejar nuestra opinión para las generaciones futuras que, como nosotros, continuen viniendo a este café. Una especie de Apuesta del Procope, depositándola aquí, en lugar seguro, para que la posteridad pueda leerla tomándose un helado.

Lord Chesterfield: Le gusta el juego, verdad, monsieur? (Silencio).

Lambert: Como a mi. Por eso tengo el honor de recibirles en mi salón, en donde no me limito a ser una mujer objeto, sino que participo activamente en las tormentas a que todos ustedes me tienen sometida (bien, bien!).

Fontenelle: Privilegio de Paris, por cierto. Y en el que a lo que realmente se juega, aparte de algunas veces al wist, es al intercambio de ideas (bravo, bravo!).

Marivaux: Insisto. Rompamos normas en la casa de la razón (eso, eso!).

Voltaire: Pensaba que estaba en una simple cafetería, señor (risas)

Lord Chesterfiel: Yo tampoco (más risas).

Montesquieu: Les propongo redactar una declaración, el Manifiesto del Procope! Se trataría de unas pocas líneas con motivo de la presencia del marqués de Rubí en la que dejásemos constancia del derecho de Catalunya a recuperar su antiguo estatuto político, que no tiene porqué ser distinto al de cualquier otra nación.

Lord Chesterfiel: Entonces no se trataría de una apuesta. Gracias, monsieur, por devolvernos a la casa de la razón (risas).

Marivaux: Y por qué no añadiéndole algún augurio? Por ejemplo, el año en que los reunidos, por mayoría, consideren que Cataluña recuperará su independencia. Una especie de juego adivinatorio.

Lambert: Por cierto, muy en línea con sus comedias. Que tal andan “Les jeux de l’amour et du l’hasard”?

Entró una camarera lozana que dejaba ver sus tobillos mientras servía y retiraba tazas y vasos. Exhibía con feminidad ora un zapato menudo, ora el otro. Saqué la libreta de notas y escribí: “L de Lujo. En el país donde el mundo iba descalzo, el primero que se hizo un par de zapatos, gastó lujo?”.

Se redactó el Manifiesto del Procope que puede leerse enmarcado en un rincón del café. Dice así:

“Ningún príncipe tiene derecho alguno sobre el pueblo que gobierna. Es éste que puede y debe exigir al primero el cumplimiento estricto de sus obligaciones que única y exclusivamente dimanan de él.

La Guerra de Sucesión no ha obedecido más que a la disputa por unos supuestos derechos hereditarios que los tiranos se atribuyen falsamente por gracia divina. La caída de Barcelona el 11 de septiembre de 1714 cierra un capítulo de violencia y abre otros de represión política más o menos encubierta.

Dicha injusticia se ha institucionalizado a través de leyes como los Decretos de Nueva Planta que, faltos de legitimidad democrática y en base a un supuesto derecho de conquista, imponen una obediencia indebida e inaceptada por los pueblos sometidos con el fin absurdo de dominarlos, destruirlos o diluirlos.

Respecto al Principado Cataluña (lo que no descarta que sea también aplicable a otros reinos), declaramos que son solamente sus ciudadanos
quienes tienen, por razones de legitimidad histórica, cultural y democrática, el caracter de sujeto político y soberano por encima del despotismo y la tiranía a que ahora se ven reducidos.

Instamos, pues, a los príncipes, repúblicas y pueblos de las potencias europeas y de allende los mares, a respetar y a fomentar el derecho inalienable a la auto-determinación del pueblo catalán, para que por sí mismo y en cualquier tiempo pueda decidir su futuro bajo los principios de igualdad, libertad y fraternidad. Derecho que le pertenece por encima de cualquier ley que pueda impedirlo y que, en consecuencia, será inválida, por cuanto ninguna legalidad, ni siquiera constitucional, puede oponerse a la voluntad democrática de un pueblo.

Manifestamos finalmente que jamás debe ser la ley la que determine la voluntad de los ciudadanos, sino que es la voluntad de éstos la que crea y modifica la legalidad vigente cuando así lo impongan las circunstancias.

En París, Café Procope, a 9 de noviembre de 1726”

Después, cada uno de nosotros escribió un año, aquel en el que creía que Cataluña sería una República independiente. Echamos el papelito en una bandeja y preparamos una lista en la que fuimos señalando con cruces los años propuestos. Una vez contados, dieron como resultado mayoritario el año 2017. Curioso, poco más de trescientos años! Era una broma?

Firmamos el manifiesto todos los presentes y añadimos un “post scriptum” a la declaración, dejando constancia de la fecha en que la mayoría consideraba que Cataluña alcanzaría su independencia.

Si el lector quiere comprobarlo, deberá acudir al Procope, lo que es una buena sugerencia y, de paso, leer el Manifiesto y su añadido. Por lo demás, deberá esperar a que transcurra 2017 para saber si acertamos o no.

Entrada la tarde, los tertulianos se despidieron. Mientras aquellas cabezas pensantes desfilaban por la puerta saludando a monsieur Procope y antes de salir con Montesquieu, tomé otra nota que me vino de repente a la cabeza: “F” de Filósofo. No ha existido jamás un filósofo que, habiendo propuesto un nuevo sistema, no haya confesado al fin de su vida que ha perdido el tiempo”.
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Intervinientes por orden de fecha de nacimiento:

– Anne-Thérèse Marguenat de Courcelles, marquesa de Lambert (1647-1733), escritora y precursora feminista, regentó de uno de los salones literarios más famosos de París.
– Francesco Procopio dei Coltelli (1651-1727), cocinero siciliano, reconocido como creador de la primera heladería al fundar la más antigua cafetería de París
– Bernard le Bovier de Fontenelle (1657-1757), filósofo, escritor y científico
– Pierre de Marivaux (1688-1763), dramaturgo
– Charles Louis de Secondat, señor de la Brède y barón de Montesquieu (1689-1755). Filósofo y uno de los ensayistas ilustrados más relevantes del Siglo de las Luces, articulador de la teoría de la separación de poderes y autor del “Espíritu de las leyes”.
– Philip Stanhope, cuarto conde de Chesterfield (1694-1773), político liberal y diplomático
– Voltaire (1694-1778), pensador y escritor.
– Josep Antoni de Rubí, marqués de Rubí (1669-1740), militar catalán austricista que fue ascendido al grado de Feldmarschall, el máximo del Ejército Imperial. Sucesivo virrey de Mallorca, Cerdeña y Nápoles
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20140514-073824.jpgFachada del Procope en Navidad

20140514-073959.jpgUn salón del interior

P.S.: A mi futura nieta Mercedes, en su camino hacia Ítaca.

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